Las 2:00 de la madrugada, todo está en silencio, a oscuras. A medida que avanzo por el puente Carlos V, en dirección a la Ciudad Vieja a esas horas de la noche, empiezo a darme cuenta que quizás no fue una buena idea no haber guardado algo de dinero para un taxi.

Acelero el paso…yo puedo hacerlo, solo son 516 metros, me repito una y otra vez. No puedo evitar mirar hacia atrás a medida que avanzo…,no hay un alma. Mis únicos compañeros de viaje son las 30 estatuas que se elevan a ambos lados del puente. Curioso como ahora en el silencio y oscuridad de la noche, me parecen más grandes. Aminoro el paso, una sensación de tranquilidad se apodera de mi, me detengo y me apoyo en un lateral del puente…que maravilla, puedo ver el castillo iluminado allá en lo alto. Decido dejarme llevar por todo lo que esta ciudad me provoca y cierro mis ojos…lo sabía, lo oigo, se acerca cada vez más, son caballos…no, es un carruaje. Es la magia de esta ciudad, si cierras los ojos puedes viajar a tiempos medievales. Puedo visualizar como un carruaje negro se adentra bajo una de las torres más impresionantes de la arquitectura gótica, hacia el puente, viene hacia mi…puedo incluso oír el sonido que provoca el trotar de los caballos en los adoquines y el sonido de las ruedas. Abro los ojos y respiro profundamente, miro a ambos lados…no existe una imagen mas tétrica y bella a la vez. La tenue luz de las farolas, acompañan a las estatuas, como si de candiles se tratasen. Sus siluetas se elevan hacia el infinito en la oscuridad de la noche y decido pensar que con ellas estoy protegida, que ellas también se han enamorado de mi como yo lo he hecho de cada edificio, de sus mas de 100 torres, de la calle del oro, de sus armaduras, de sus callejones, del barrio judío, de los teatros, de las decenas de subterráneos construidos para sobrevivir a las dos Guerras Mundiales, hoy día convertidos en bodegas y restaurantes medievales. Y es que Praga está intacta, no pudieron derrotarla…

El leve sonido de unas notas musicales, me saca de mis ensoñaciones, esta vez no la imagino…camino en esa dirección. A medida que me voy acercando voy distinguiendo las notas, son las de un violín…es el Ave María. Un chico joven sentado en el suelo con sus piernas estiradas, ensaya para quizás al día siguiente, tocar en este mismo puente cuando esté abarrotado de turistas, de pintores y malabaristas…, o quizás, en la casa de la Opera. No puedo evitar emocionarme, mañana termina mi viaje y las lágrimas me acompañan el resto del camino hacia el hotel. Él ni siquiera me ha visto…yo, nunca lo olvidaré.

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