What love can be.

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El olor de una madre

Esta mañana me he despertado con un olor de mi niñez. Diría que olía a la masa de pestiños que hacías por Navidad, pero realmente olían a ti, a como tú olías en esta época del año.

El olor me transportó, a ese último día de colegio, cuando al regresar, corriendo subía las escaleras de casa. Me recibías en la puerta, esperando tus dos besos, con las manos llenas de harina y tu delantal puesto. Dejaba los libros en la habitación, me quitaba el uniforme y ya con mi pijama favorito puesto, volvía a la cocina para llenarme las manos de masa.

Si tuviera que escoger un solo día de todos los maravillosos días que me regalaste, sin dudarlo sería este. Me guardabas mi trocito de masa, para que mientras tú extendías el resto, yo aprendiera a amasarla.

Te preguntaba la hora y siempre me decías; “es la hora de ser feliz” y yo impaciente, lo que quería saber era, si papá estaba ya por venir. Mi felicidad era completa cuando escuchaba la llave en la puerta y corría veloz, con mis manos llenas de masa y mi sonrisa puesta.

Llegaba el momento de dar forma a los pestiños. Yo hacía círculos en la masa ayudándome de un vaso y tú, delicadamente, te esmerabas en doblarlos. Papá se encargaba de freírlos en aceite y ya una vez fríos, nos poníamos los tres a melarlos.

Nunca supe quién de los dos empezaba a tararear primero, pero lo que sí sé es, que me encantaba oíros cantar… Los Campanilleros