Me quedo contigo.

Pocas canciones me han emocionado tanto. Una versión magistral del tema de Los Chunguitos, “Me quedo Contigo”.

Me quedo contigo. Rosalía.

Si me das a elegir
Entre tú y la riqueza
Con esa grandeza
Que lleva consigo, ay amor
Me quedo contigo

Si me das a elegir
Entre tú y la gloria
Pa que hable la historia de mi
Por los siglos, ay amor
Me quedo contigo

Pues me he enamorado
Y te quiero y te quiero
Y sólo deseo
Estar a tu lado
Soñar con tus ojos
Besarte los labios
Sentirme en tus brazos
Que soy muy feliz.

Si me das a elegir
Entre tú y ese cielo
Donde libre es el vuelo
Para ir a otros nidos, ay amor
Me quedo contigo

Si me das a elegir
Entre tú y mis ideas
Que yo sin ellas
Soy un hombre perdido, ay amor
Me quedo contigo

Culminación del dolor.

 

Oigo incluso cómo ríen
las montañas
arriba y abajo de sus azules laderas
y abajo en el agua
los peces lloran
y toda el agua
son sus lágrimas.
Oigo el agua
las noches que consumo bebiendo
y la tristeza se hace tan grande
que la oigo en mi reloj
se vuelve pomos en la cómoda
se vuelve papel sobre el suelo
se vuelve calzador
ticket de la lavandería
se vuelve
humo de cigarrillo
escalando un templo de oscuras enredaderas.

Poco importa
poco amor
o poca vida
no es tan malo
lo que cuenta
es observar las paredes
yo nací para eso
nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.

(Charles Bukowski)

El olor de una madre

Esta mañana me he despertado con un olor de mi niñez. Diría que olía a la masa de pestiños que hacías por Navidad, pero realmente olían a ti, a como tú olías en esta época del año.

El olor me transportó, a ese último día de colegio, cuando al regresar, corriendo subía las escaleras de casa. Me recibías en la puerta, esperando tus dos besos, con las manos llenas de harina y tu delantal puesto. Dejaba los libros en la habitación, me quitaba el uniforme y ya con mi pijama favorito puesto, volvía a la cocina para llenarme las manos de masa.

Si tuviera que escoger un solo día de todos los maravillosos días que me regalaste, sin dudarlo sería este. Me guardabas mi trocito de masa, para que mientras tú extendías el resto, yo aprendiera a amasarla.

Te preguntaba la hora y siempre me decías; “es la hora de ser feliz” y yo impaciente, lo que quería saber era, si papá estaba ya por venir. Mi felicidad era completa cuando escuchaba la llave en la puerta y corría veloz, con mis manos llenas de masa y mi sonrisa puesta.

Llegaba el momento de dar forma a los pestiños. Yo hacía círculos en la masa ayudándome de un vaso y tú, delicadamente, te esmerabas en doblarlos. Papá se encargaba de freírlos en aceite y ya una vez fríos, nos poníamos los tres a melarlos.

Nunca supe quién de los dos empezaba a tararear primero, pero lo que sí sé es, que me encantaba oíros cantar… Los Campanilleros