18 de Noviembre

Hoy llueve, pero la lluvia no borrará los recuerdos. Hoy el día amaneció gris, pero no dejaré que destiñan los colores de mi memoria. Hoy hace frío, pero con solo evocar tu nombre, se hallará mi corazón a buen cobijo. Hoy el cielo llora, pero en mi rostro dibujaré la sonrisa que mi alma añora. Hoy, más que ayer, me haces falta… hoy no existe el olvido.

Y tú, ¿de dónde eres?

Hace unos días conocí a una persona de 54 años que hacía más de 30 años que vivía en Francia. Dueño de un bar pequeñito, pero con mucho encanto y alma, mas tarde charlando con él, descubriría el por qué.

Durante nuestra estancia en ese maravilloso pueblo, solíamos frecuentar este pequeño bar llamado “La Luna”. Puede ser que de primera me atrajera el nombre (parece que es poner un pie fuera de tu país para que todo te recuerde a él), o quizás hay personas a las que estas destinado a conocer. Ya el primer día que fuimos nos pareció un tío muy majo, lleno de tatuajes, el pelo algo largo, completamente blanco, un pendiente, los dedos llenos de anillos, de mirada y sonrisa amable y sincera. Le encantaba poner diferentes estilos musicales desde su propio ordenador y hacer búsquedas de las canciones que le pedían. Nuestra comunicación fue bastante breve, ya que desafortunadamente no hablo francés (algo que me he propuesto corregir) y él no hablaba inglés (el idioma universal por excelencia).

Una noche en la que no tenía mucho trabajo, salió del bar para fumar un cigarrillo. Mi marido y yo nos encontrábamos sentados fuera en una de las dos pequeñas mesitas que tenía junto a la puerta, tomándonos la copa que previamente nos había servido, mientras charlábamos en español. Se acercó a nosotros sonriente, como de costumbre y nos dijo con acento francés a lo Jean Reno cuando habla español: “¿Hablas español?”. Mi marido y yo nos miramos y comenzamos a reírnos, llevábamos una semana hablando por señas con este hombre. Nuestra sorpresa fue en aumento cuando nos dijo que él también era español… y lo decía con orgullo (tanto, que tenía tatuado en el pecho un toro), aunque ya casi no recordase el idioma español. Lo siguiente que nos preguntó es si conocíamos a la “Niña de Antequera”, lo miré extrañada y asombrada. Entró al bar y la puso a todo volumen, tras una canción le siguió Joselito y yo ya pensé, que se había bajado la discografía entera de Cine de Barrio. Entré al bar con la intención de decirle que todo eso era muy antiguo, de la época de mi abuela, pero al ver las lágrimas en sus ojos, entendí que eso él ya lo sabía. Me miró y con la mano en el corazón dijo en un español ya olvidado por el tiempo: “Gusta mucho”.

Nos dijo, que para él oír esos temas, era como ver a su abuela y a sus padres, y que en un año volvería a España. No sé por qué pensé, que quizás lo lleva diciendo demasiados años. Intentaba explicar las emociones que la música le transmitía y cuando el poco español que recordaba no era bastante para poder expresarse nos decía: “terrible, es terrible olvido español”. A veces, con solo ver a una persona escuchar una música que realmente le gusta, le llega y le llena el alma, no hace faltan palabras. La música sí es el idioma universal.

Me había contagiado de tal modo la nostalgia que sentía, que le pedí me pusiera algo de “Chambao” y “Niña Pastori”…yo, tirando pa mi tierra. Me dijo que no las conocía y le dije que era la música de mi tierra …Cádiz. Con una mirada cómplice nos dijo que era de La Línea de la Concepción. Y así escuchando “Cai” en la voz de Niña Pastori, nos encontrábamos tres personas que amábamos nuestra tierra, sentados a la puerta de un pequeño bar en el sur de Francia. Tres personas que se sienten españoles, andaluces y gaditanos, aunque solo uno tenga pasaporte español, otro nunca lo haya tenido y otro lo cambiara por el francés.

Que pequeño y mágico es este mundo.

Niña Pastori – Cai

El barreño.

Esta mañana, con mi taza de té en mano, echo un vistazo a Pinterest y me encuentro con una foto que me transporta rápidamente a mi infancia.

Los veranos solíamos ir a visitar a mis abuelos paternos. Vivían en un pequeñísimo pueblo minero de la sierra de Huelva. Aún, hoy día, suelo ir con mi padre para visitar a mis tíos y primas.

Mi padre viene de una familia muy humilde, pero dónde nunca ha faltado un buen jamón y olorosos quesos. Es lo que tenían estos pueblos mineros, no había baños pero las despensas estaban siempre repletas. Es como si las prioridades cambiasen dependiendo de donde vives. En sitios más urbanizados cambiamos los jamones por baños, coches, etc. Entiéndeme, es una forma de hablar para intentar explicar por escrito los diferentes tipos de riqueza.

Esos veranos, en los aspectos más íntimos, eran para mí una pesadilla. Yo no venía de una gran ciudad, aunque mis tíos y primas así lo veían, pero en casa teníamos baño y con el tiempo, hasta pestillo. Creo que lo del pestillo fue consecuencia de las temporadas de vacaciones que pasábamos allí.

Hoy, al ver esa foto, no he sentido el pudor que recordaba sentir en los momentos en los que, una abuela pequeñita pero con mucho nervio, nos metía a mis dos primas y a mí, en un barreño exactamente igual al de la foto, y a ojos de quién pudiera pasar. Hoy, al ver esa foto, lo he recordado con mucha ternura y felicidad.

Hay momentos en los que somos tan inmensamente ricos, que no nos damos ni cuenta…

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