18 de Noviembre

Hoy llueve, pero la lluvia no borrará los recuerdos. Hoy el día amaneció gris, pero no dejaré que destiñan los colores de mi memoria. Hoy hace frío, pero con solo evocar tu nombre, se hallará mi corazón a buen cobijo. Hoy el cielo llora, pero en mi rostro dibujaré la sonrisa que mi alma añora. Hoy, más que ayer, me haces falta… hoy no existe el olvido.

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Pasado, Presente, Futuro

Antes de mirarlo, Alicia, quitó el polvo de las páginas del álbum de fotos de su abuela. Inmortalizada en su presente, se había convertido en pasado, encerrada en el fondo de un cajón. Fotos amarillentas, por el paso del tiempo, contaban toda su vida desde que nació. Alicia comprendió, que siempre habíamos querido dejar constancia de nuestro paso por la vida y pensó: «Que pena que mis nietos, puedan llegar a pensar, que su abuela nunca existió, al no poderme encontrar encerrada en el fondo de algún cajón».

Reto 5 líneas (páginas, antes, nació)

Los zapatos de mi madre.

¡Hola Mamá!

Hace un par de mañanas, mientras buscaba en un cajón, una foto tipo carnet para renovar el pasaporte, encontré esta foto. No era la única, había algunas más. Fotos que traje de casa de papá a los pocos días que decidieras, que ya no querías sufrir más. Las guardé en el cajón del olvido, como cuando guardas algo que no quieres perder y terminas sin recordar donde lo pusiste. Esas fotos, que duelen al verlas, cuando la herida es reciente pero que a medida que pasa el tiempo y, de forma inesperada, como si el azar o el destino marcaran el ritmo en el que has de volver a encontrarte con ellas, te llenan de una triste felicidad. Triste porque me gustaría poder recordar ese día. El sonido de las palomas, el olor de las flores, el suave tacto de tu pelo. Y de felicidad porque, aunque no los tengo en mi memoria, son momentos que he vivido y compartido contigo.

P.D. Ahora entiendo el porqué me gustan tanto los zapatos.

El barreño.

Esta mañana, con mi taza de té en mano, echo un vistazo a Pinterest y me encuentro con una foto que me transporta rápidamente a mi infancia.

Los veranos solíamos ir a visitar a mis abuelos paternos. Vivían en un pequeñísimo pueblo minero de la sierra de Huelva. Aún, hoy día, suelo ir con mi padre para visitar a mis tíos y primas.

Mi padre viene de una familia muy humilde, pero dónde nunca ha faltado un buen jamón y olorosos quesos. Es lo que tenían estos pueblos mineros, no había baños pero las despensas estaban siempre repletas. Es como si las prioridades cambiasen dependiendo de donde vives. En sitios más urbanizados cambiamos los jamones por baños, coches, etc. Entiéndeme, es una forma de hablar para intentar explicar por escrito los diferentes tipos de riqueza.

Esos veranos, en los aspectos más íntimos, eran para mí una pesadilla. Yo no venía de una gran ciudad, aunque mis tíos y primas así lo veían, pero en casa teníamos baño y con el tiempo, hasta pestillo. Creo que lo del pestillo fue consecuencia de las temporadas de vacaciones que pasábamos allí.

Hoy, al ver esa foto, no he sentido el pudor que recordaba sentir en los momentos en los que, una abuela pequeñita pero con mucho nervio, nos metía a mis dos primas y a mí, en un barreño exactamente igual al de la foto, y a ojos de quién pudiera pasar. Hoy, al ver esa foto, lo he recordado con mucha ternura y felicidad.

Hay momentos en los que somos tan inmensamente ricos, que no nos damos ni cuenta…

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El olor de una madre

Esta mañana me he despertado con un olor de mi niñez. Diría que olía a la masa de pestiños que hacías por Navidad, pero realmente olían a ti, a como tú olías en esta época del año.

El olor me transportó, a ese último día de colegio, cuando al regresar, corriendo subía las escaleras de casa. Me recibías en la puerta, esperando tus dos besos, con las manos llenas de harina y tu delantal puesto. Dejaba los libros en la habitación, me quitaba el uniforme y ya con mi pijama favorito puesto, volvía a la cocina para llenarme las manos de masa.

Si tuviera que escoger un solo día de todos los maravillosos días que me regalaste, sin dudarlo sería este. Me guardabas mi trocito de masa, para que mientras tú extendías el resto, yo aprendiera a amasarla.

Te preguntaba la hora y siempre me decías; “es la hora de ser feliz” y yo impaciente, lo que quería saber era, si papá estaba ya por venir. Mi felicidad era completa cuando escuchaba la llave en la puerta y corría veloz, con mis manos llenas de masa y mi sonrisa puesta.

Llegaba el momento de dar forma a los pestiños. Yo hacía círculos en la masa ayudándome de un vaso y tú, delicadamente, te esmerabas en doblarlos. Papá se encargaba de freírlos en aceite y ya una vez fríos, nos poníamos los tres a melarlos.

Nunca supe quién de los dos empezaba a tararear primero, pero lo que sí sé es, que me encantaba oíros cantar… Los Campanilleros